Después de leer sobre la vida de 'Umair ibn Sa'd al-Ansari, uno de los compañeros del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), me pregunto cuánta importancia damos a la vida eterna en comparación con esta. Si ponemos sobre una balanza los actos que llevamos a cabo pensando en una y en otra, ¿qué lado pesa más?
'Umair fue gobernador de una ciudad y, sin embargo, vivió pobre, con lo justo, en unas condiciones más duras que la mayoría de nosotros. Rechazó cualquier privilegio que pudiera obtener de su cargo y solo se preocupó de gobernar de manera justa para las personas, pensando más en el bienestar de ellas que en el suyo propio.
Su principal preocupación fue atesorar buenas acciones que lo beneficiaran en la otra vida, en vez de pensar demasiado en los asuntos de este mundo.
No quiero transmitir la idea de que disfrutar de la vida terrenal es incompatible con las buenas acciones, pero sí dar a cada asunto la importancia que merece.
Hay una vida que es pasajera y otra que es para siempre. ¿Qué nos dice la lógica? ¿En cuál de ellas debemos centrar nuestros más grandes esfuerzos? A pesar de ello, nos olvidamos a veces de la más importante porque no la vemos o la creemos muy lejos. Parece que solo existe lo que tenemos delante de los ojos, así somos.
Nos planteamos metas a «largo plazo»: los objetivos del mes, los del año; las cotizaciones y ahorros para la jubilación; los proyectos personales o laborales y los pasos necesarios para alcanzarlos; los propósitos de vida, los deseos que anotamos en un diario… ¿Cuántas de esas metas están pensadas para la última vida?
Propongo desde aquí ser más conscientes de nuestro paso efímero por este mundo y que nuestro logro de cada día consista en hacer algo bueno que podamos presentar con nosotros cuando llegue el momento de rendir cuentas ante Allah.




